11 de septiembre de 2017

Doce revoluciones

Somos lo imposible, lo que no puede ser. Somos eso que la ciencia no explica, pero somos.
Somos ese número que no se suma, que no se encuentra. El que sabe que existe porque existe, pero nadie lo descifra.
Somos esas cuatro de cuatro, de las que brotan otras ocho de ocho. Doce totales. Doce de doce, parece mucho más que un año que se completa.
Un clan, el de ellas, que hace rato me han convidado a integrarlo. Un clan que es imposible, porque imposible dicen los números que es serlo tanto.
Doce mujeres de un linaje de doce. Doce, número imposible dice la ciencia que ya se rinde.
Milagroso, imagino que diría la devota persona que esto leyera; porque un milagro es para los dioses todo aquello que siendo imposible igualmente sea.
Pero aquello que no se explica, ellas, las doce de doce lo explican en los toques de magia, en energías que fluyen, o en los destinos que, por propio libre albedrío, puro clan de mujeres quieren que esto sea.
Llega ella, quien el clan redondea. Círculo de doce, doce guerreras, brujas hechiceras, mujeres de fuerza tierra.

Cuatro hermanas que paren mujeres. Doce revoluciones que son mujeres.

26 de abril de 2016

Hay un mar en la plaza

La plaza suele ser un lugar mágico. Un lugar donde se puede jugar hasta caer exhausto. Un lugar donde Sofía y Tomás se sienten libres.
Corren del árbol al arenero, donde arman castillos impenetrables, capaces de defenderse de dragones. Corren del arenero a las hamacas, donde vuelan hasta flotar, lentos, en el centro del universo. Correr de las hamacas a la trepadora, subirla por todos los recovecos posibles para tocar antes que nadie la campana que tiene en lo alto y bajar por el caño de los bomberos; o por el tobogán de un avión que tuvo que aterrizar de emergencia; o por un tubo que es un gusano hambriento.
La plaza suele ser un lugar mágico que, después de un rato, da una sed tremenda.
Tomás corre hasta el pie del árbol y busca en su mochila amarilla. Mete la mano bien hasta el fondo, casi tiene que meter la oreja de tan al fondo que fue la mano. Revuelve. Intenta sacar algo y no puede. Vuelve a intentar otra vez y otra más. ¡Al final lo logra! Es un frasco un poco más largo de lo habitual. Lo bate fuerte varias veces, hasta que la espuma no deja que nada se mueva ahí adentro. Tomás quiere ver qué contiene ese frasco misterioso, así que se esfuerza por sacar la tapa que está dura… ¡durísima! Uno, dos, tres intentos hasta que Sofía se acerca, también intrigada, a ayudar a su hermanito. Hacen fuerza entre los dos y… ¡plaf! La tapa sale volando. Un chorro enorme de agua sale del frasco, tirando la tapa al piso. Tomás lo agarra bien fuerte con las dos manos, mientras un chorro gigante sigue saliendo del recipiente ¡Y no para! Es tan fuerte que sube como diez metros. No puede tenerlo quieto, sus manos se agitan tanto que hasta se sacuden sus cachetes.
Sofía sabe que el único modo de frenar el agua es poniendo la tapa en su lugar, y cerrarla bien fuerte.
Busca. Mira a su alrededor, hasta encontrarla, finalmente, ya flotando cerca del arenero.
- Tomás, voy a buscar la tapa. Esperame acá ¡y por nada del mundo sueltes ese frasco! – le dijo Sofía, antes de ir rumbo al arenero.
El agua subía muy rápido. Para cuando quiso dar el segundo paso notó que ya no hacía pie. Por suerte iba a natación desde chiquita y pudo seguir a nado hasta alcanzar la tapa, que flotaba ya cerca de la cerca que rodea la zona de juegos.
Tomás había trepado el árbol, con el frasco bajo el brazo, para no ser tapado por el agua. Hacía muy poco que había empezado a ir a la pileta con su hermana, y todavía no había aprendido a nadar.
Sofía nadó con todas sus fuerzas hasta el árbol, que ya casi no se veía. Con esfuerzo, entre los dos lograron tapar el frasco y el chorro de agua se detuvo. - ¡Uf! – dijeron a coro. - ¡Al fin!-
Pero el panorama de la plaza era preocupante. El agua había tapado casi todos los juegos. Sólo podían ver la campana de la trepadora y el caño que sostenía las hamacas. Había mamás flotando por toda la plaza ¡Y el agua no bajaba! Vieron pasar un cocodrilo verde, gigante, delante de ellos. Unos delfines saltaban cerca del corralito de los perros y una tortuga solitaria subía nadando el tobogán rojo y alto que estaba hundido al lado de las hamacas.
Sofía tomó coraje y se tiró de cabeza al agua. Nadó lo más rápido que pudo hasta el lugar donde estaba la fuente de agua. Cuando llegó, respiró muy hondo y se zambulló hasta el fondo. Sabía que la fuente tenía un tapón y necesitaba encontrarlo. Nadó con todas sus energías hasta que en el fondo, cubierta de hojas, dio con la cadenita que tenía al tapón. Tiró bien fuerte y el tapón salió.
El agua empujaba hacia el agujero y Sofía tuvo que agarrarse de la fuente primero y de la soga de una hamaca después, para no ser arrastrada por la corriente.
Usó la soga para subir hasta la superficie y, aferrada al caño de las hamacas, pudo ver el enorme embudo que chupaba el agua hasta el fondo de la fuente. Vio como un cocodrilo, un par de delfines y una tortuga daban vueltas hasta perderse en el agujero de abajo.
Cuando el agua se fue, la plaza quedó sucia y embarrada. La arena del arenero, con sus castillos, se había ido. Las madres empapadas, se agarraban la cabeza sin poder entender qué era lo que había sucedido.
Sofía y Tomás metieron el frasco en la mochila amarilla y volvieron hablando de esa tarde de aventura, hasta llegar a su casa.
Cuentan que por esos días, alguien vio nadando en el Río de la Plata a un cocodrilo junto a dos delfines y una tortuga solitaria…